miércoles, 21 de octubre de 2015

arte para gritar, arte para elaborar, arte para no olvidar, arte para la dignidad



 Cuando nos preguntamos sobre la función e intención de las manifestaciones artísticas podemos elucubrar y crear muchos discursos sobre ello. Cuando estaba en la facultad recuerdo que uno de los debates que aparecía a menudo entre los estudiantes era si el arte, el artista debe estar comprometido con la denuncia, con la lucha, con la transformación social. Lo que tengo claro en la actualidad es que las manifestaciones artísticas tienen un valor incalculable como elaboración de lo que vivimos, de lo que pensamos, de lo que nos hace sufrir y también disfrutar no solo como protagonistas de nuestro mundo cercano sino también como habitantes de un mundo amplio y diverso. Me gusta pensar que el arte es valiosísimo en  procesos personales y colectivos de recuperación. Creo que ha sido así desde siempre. Y que el arte es más  trascendental cuando surge como necesidad.
Hace unos años tuvimos la suerte de conocer a Maritze Trigo y a Orlando Naranjo representantes de la Asociación de Familiares de las Víctimas de Trujillo-Valle en Colombia. Estuvieron en España para recoger el premio de Derechos Humanos de Siero, Asturias. Los paramilitares y narcotraficantes asolan la región de Trujillo desde 1986 con ejecuciones, torturas y desapariciones forzosas. Pudimos conocerlos en la visita que realizaron a Sevilla para reunirse con asociaciones (como Acción Verapaz, a la que pertenezco) y comunidades religiosas. Maritze repetía ante la descripción horrible de los hechos que  «en medio de esta crueldad hemos mantenido la esperanza».
 Os pido que veáis estos vídeos. Son el testimonio documental de un proceso artístico por, para y con las comunidades víctimas de esta situación. Como dicen en un momento del documental, un proceso sanador ante tanto duelo y tanto horror.









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